Breve pero intensa. Así será la visita del Papa a la ciudad peruana ubicada a 3.400 metros de altitud en los Andes, en el marco de su viaje a América Latina. El padre Walter Corsini, vicario general de los Misioneros Siervos de los Pobres, compartió su testimonio con los medios vaticanos: “La Iglesia se ha preparado mucho. En la cordillera hay una gran espiritualidad que se ve amenazada por un turismo que a menudo invade la vida cotidiana».
Ciudad del Vaticano, 27 de octubre 2026.- Allí donde el aire se vuelve enrarecido, los horizontes se abren y el aliento del alma se expande. Eso es lo que parece desear el Papa, quien ha confirmado su viaje apostólico a América Latina, del 6 al 17 de noviembre, sin renunciar a las altitudes que superan los tres mil metros. Entre las etapas más esperadas se encuentra la que está programada para el domingo 15 en Cuzco, en la cordillera de los Andes, en Perú. Una visita breve, pero muy deseada e igualmente esperada y preparada por la población local. En tres horas, León XIV se encontrará con los fieles y los representantes de la piedad popular y luego rezará el Ángelus.
De paso por Roma, el padre Walter Corsini, vicario general de los Misioneros Siervos de los Pobres, cuenta cómo surgió su vocación hace treinta años durante lo que en aquel entonces era, para muchos, verdaderamente el “viaje de la vida”. Sacerdote originario de Bérgamo, comparte la extraordinaria riqueza de una civilización milenaria, el esfuerzo que supone cada metro de camino y la belleza de una naturaleza que exige respeto y contemplación.
Padre Corsini, ¿cuál es la historia de su orden religiosa?
Nuestra orden tiene sus raíces en un padre agustino, Giovanni Salerno, de origen siciliano, quien falleció hace tres años y partió hacia Perú en 1968. La aventura de esta nueva familia misionera comienza a mediados de los años 80, con un compromiso particular en el ámbito de la evangelización y la educación de comunidades pobres, inicialmente en la cordillera andina. Con el tiempo, hemos extendido nuestro servicio al sur de Perú, a México y a Cuba. Es una familia compuesta por diversas realidades: sacerdotes, hermanos consagrados, contemplativos, religiosas y familias misioneras. Cada uno, impulsado por el Concilio Vaticano II, lleva la luz de Cristo a las diversas formas de pobreza, iluminándolas y descubriendo sus propias carencias, caminando sinodalmente para poder ayudarnos mutuamente.
¿Qué formas de pobreza se viven en Cuzco?
Con la globalización, las formas de pobreza son más o menos las mismas en todo el mundo, pero también es cierto que las formas de pobreza, como lo digo siempre, son como las cerezas: una lleva a la otra. Por lo tanto, existe una pobreza material básica que, sin embargo, también implica una pobreza de herramientas, intelectual y de formación, lo que a su vez conlleva en muchas familias una pobreza de relaciones sociales y una pobreza moral. Por eso, se trata realmente de iluminar con la luz de Cristo la pobreza espiritual básica, para que cada uno, desde su dignidad de hijo de Dios, pueda encontrar las herramientas y los medios para, ante todo, tener la autoestima y el optimismo necesarios que le permitan seguir adelante. Nosotros ofrecemos educación escolar, formación profesional y, a las distintas comunidades, la posibilidad de poder avanzar con sus propios medios a partir de la maravillosa realidad de la cordillera, que cuenta con una riqueza cultural cuyas raíces se remontan mucho más allá de la civilización inca.
¿De qué manera esta inmensa y extraordinaria tradición se integra en la cristiana?
Creo que este es uno de esos rincones de la Tierra donde tal vez el concepto de inculturación se haya concretado bien, en el sentido de que la Iglesia aquí no es simplemente una más, no es una fotocopia de la Iglesia española, sino que tiene una característica propia. La realidad del Evangelio llegó a una cultura intensa, religiosamente viva y, por eso, se respira un aire de espiritualidad generalizado, el mismo que hoy en día también redescubren muchos turistas en busca de un “turismo místico”. Una riqueza que, evidentemente, debe purificarse y canalizarse adecuadamente, pero que realmente encuentra expresiones maravillosas en la piedad popular, por ejemplo, en esa devoción especial a las figuras de la Virgen o de Cristo sufriente. Algo que siempre me ha despertado un poco la curiosidad es ver cómo el sufrimiento que este pueblo ha padecido por diversas razones se redescubre de alguna manera en la figura de Cristo sufriente, visto como un compañero de camino, alguien que también puede dar un nuevo sentido.
De resurrección…
De resurrección, sí. La cordillera de los Andes es una realidad en la que las numerosas riquezas del subsuelo (minas de oro, plata, cobre…) han generado en muchas ocasiones formas de explotación. Gracias a Dios, la Iglesia ha hecho mucho, a menudo poniéndose en primera línea para proteger la dignidad del trabajo, en la búsqueda de una reorganización social que permita aprovechar mejor estas riquezas que la Divina Providencia ha dado a esta tierra.

¿Cómo afecta el turismo a la calidad de vida de las poblaciones autóctonas?
Desafortunadamente, se trata de un turismo que invade la vida cotidiana y que, en muchas ocasiones, revela aspectos negativos. En mi opinión, no se respeta el ritmo de vida de la sociedad andina, y no sé si eso es bueno o malo. Recuerdo que hace treinta años, cuando llegué a los pueblos de la cordillera, se podía ver un ritmo de vida mucho más humano porque era mucho más lento. Eso permitía saborear cada momento del día. Recuerdo, al llegar de Europa, mis primeras experiencias en los pequeños pueblos de gran altitud, en medio del silencio… Quizás, por primera vez en mi vida, tuve la sensación de una plenitud de vida, de llegar al final del día saboreando a fondo un tiempo lleno de vida. Obviamente, el turismo ha traído mucho bienestar y mucho dinero, y ha permitido avances impresionantes. Sin embargo, repito, existe el riesgo de que nos arrolle. Por ejemplo, en la cordillera de los Andes se habla el quechua, una de las lenguas que surgieron antes de los incas. Las nuevas generaciones están empezando a perderlo un poco, a hablar un quechua con influencias del español. Ahora bien, sabemos que detrás de una lengua hay una visión del mundo, una forma de interpretar la vida. Cuando se revoluciona la construcción de las frases, se revoluciona la forma de ver la vida; es un poco como perder los lentes… Por eso, se está haciendo un esfuerzo por tratar de conservar la lengua, ese vínculo entre tantas aldeas; pero es evidente que no podemos ser ingenuos, el mundo sigue adelante…
Usted habla de una mirada hacia el mundo… ¿Cómo es, en Cuzco, la mirada del hombre y de la mujer hacia la naturaleza? ¿Es una mirada que se asoma a un ecosistema aún intacto?
Diría que siempre he percibido una mirada con un toque melancólico. La música andina típica, por ejemplo, que ha tenido tanto éxito en Europa porque se ha adaptado con un ritmo “fácil de escuchar” para esa parte del mundo, deja de lado la melodía original, que es bastante melancólica, evidentemente fruto de esta realidad que, en cierto sentido, amplía algunos horizontes y cierra otros. Cuando vives en un valle, cuando los desplazamientos son difíciles, el universo termina siendo tu valle.
¿Y cuál sería la mejor perspectiva para contemplar esta cordillera?
Recuerdo que, hace treinta años, ir a Cuzco era para muchos “el gran viaje”: uno se preparaba de manera especial para enfrentar grandes alturas y laderas de montaña muy empinadas. Lo ideal sería tener la misma mirada de Jesús, quien nunca humilló a nadie. Entrar en estas tierras con delicadeza. Nuestro fundador siempre lo decía: los pobres son tierra santa y, por eso, hay que quitarse los zapatos y entrar descalzo. Mirar sin dar la impresión de que somos los salvadores del mundo, porque eso no ayuda. Yo mismo partí convencido de ser el buen samaritano de turno que llegaba a los Andes habiendo ya madurado la experiencia con los pobres. Pero descubrí que el pobre era yo; era yo quien necesitaba este encuentro con otras formas de pobreza para comprender las mías.
¿Qué espera usted de esta etapa, aunque sea muy breve, del Papa en Cuzco?
En realidad, más que esperar algo, ya veo grandes frutos logrados por la Iglesia cuzqueña. Un camino, aunque rápido, vivido con una preparación muy intensa. Las catequesis están propiciando un acercamiento a la Iglesia, ya que estamos hablando de una realidad compuesta por un gran porcentaje de católicos, entre los cuales muchos no solo no son practicantes, sino que normalmente frecuentan las que llamamos sectas protestantes.
¿Cuáles son, en su opinión, las razones por las que están ganando terreno?
Creo que, entre otras cosas, hay una gran cercanía familiar, en el sentido de que la gente se siente acompañada; cuando vas al culto, compartes tus problemas; hay una gran cercanía y también la capacidad de hacer hincapié en ciertas expresiones de la religiosidad, como los bailes y los cantos, y tal vez menos en la formación intelectual.
¿Servirá el encuentro del Papa León XIV con los representantes de la piedad popular también para reavivar las raíces auténticas de la fe católica?
Creo que sí, porque también es un esfuerzo de todo el episcopado de Perú. Las cofradías tienen un peso enorme y, a veces, son también expresión de otras cosas, no solo religiosas; adquieren, por así decirlo, toques paganos. Después de los héroes de la misión que atravesaron la cordillera -la primera evangelización del siglo XVI fue maravillosa- y que le regalaron a la Iglesia tantos santos, muchas veces se ha puesto el énfasis, también debido a la escasez de sacerdotes, en la estatua del santo. Por lo tanto, hay un gran esfuerzo por purificar los ritos de estos elementos para vivirlos como parte integral de la Iglesia; de hecho, no son meteoritos.
¿Hay alguna historia que haya sido particularmente significativa para su misión?
Hay un episodio que me cambió la vida y que, en mi opinión, fue el ángel del Señor quien me reveló mi vocación. Vine a Perú como joven voluntario y, la primera vez que tuve la oportunidad de subir a la parte alta de la cordillera, se me acercó una persona mayor muy pobre. Era la primera vez que tenía contacto con un verdadero pobre. Me sentí realmente indefenso con todos mis prejuicios occidentales: “Ah, este viene a pedirme algo…”. Estaba listo para decirle “no, no tengo”, convencido de que me pediría comida. En cambio, me preguntó: “¿A qué hora nos vas a celebrar la Misa esta tarde?”. Para mí, ese fue un momento realmente impactante, como un rayo de luz. Nunca volví a ver a esa persona. Fue una frase que siguió calando en mi corazón hasta hacerme dar cuenta de que los pobres son uno de los lenguajes predilectos del Señor.
ANTONELLA PALERMO
