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18.10.2026. Domingo 29 del Tiempo Ordinario (A). Liturgia de la Palabra. Lecturas y Homilía: “El tributo a Dios y al César”

octubre 20, 2026
in Liturgia, ACTUALIDAD, Madrid, Iglesia, Nacional
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Home RELIGION Liturgia

PRIMERA LECTURA
Llevo de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones
Lectura del libro de Isaías 45, 1. 4-6

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.»

SALMO
Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y e
R. Aclamad la gloria y el poder del Señor.

SEGUNDA LECTURA
Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

EVANGELIO
Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: – «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: – «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.» Le presentaron un denario. Él les preguntó: – «¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: – «Del César.» Entonces les replicó: -«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

EL TRIBUTO A DIOS Y AL CÉSAR


Vemos que la cuestión de pagar o no impuestos ya se planteaba en tiempos de Jesús. En nuestros días la polémica no ha cesado y las posiciones extremas las representan liberales y socialistas. Los primeros consideran que los impuestos deben reducirse al máximo (algunos incluso propugnan su total supresión), porque debe reducirse al mínimo la intervención del Estado en la vida de los individuos. En el extremo contrario, los socialistas engordan el intervencionismo estatal y desconfían de la iniciativa privada: también los hay que pretenden suprimirla del todo, como en el caso de los comunistas, que consideran que solo el Estado debe ser propietario, y los individuos solo usufructuarios. Como se sabe, entre estos extremos se sitúa la sabia doctrina social de la Iglesia, que propone equilibrar las exigencias de la libertad individual y de la igualdad, combinando los principios de subsidiariedad y solidaridad. No somos islas carentes de relaciones constitutivas, ni tampoco meras células del organismo social. Somos personas, ligadas por vínculos reales que nos obligan a contribuir al bien común, sin renunciar por ello al espacio propio de nuestra autonomía personal.

En el caso que nos presenta el Evangelio, los herodianos vendrían a reflejar la postura socialista, puesto que eran partidarios de pagar impuestos al poder romano; mientras que los fariseos se parecían algo a los liberales (poco, a decir verdad), al menos en que eran contrarios al pago del tributo. En realidad, estos parecidos son muy relativos y problemáticos, porque en esta disparidad sobre el tributo se interponía una cuestión religiosa, ajena a la moderna discusión entre liberales y socialistas. La cuestión no era sobre todo económica, sino que versaba sobre la soberanía y el poder supremo religioso. Los fariseos eran contrarios al tributo al César porque suponía reconocer en el emperador romano un poder supremo de carácter divino, negando así la soberanía absoluta de Yahvé también en el ámbito político. Los herodianos, como representantes del poder de Herodes, debían aceptar el tributo por motivos pragmáticos y crematísticos, puesto que ese poder dependía de Roma. Los herodianos sacralizaban el poder y los fariseos politizaban la religión, pretendiendo determinar por medio de la ley (y el legalismo) hasta los mínimos detalles de la vida humana. Unos y otros confundían el ámbito político y religioso, aunque en dirección contraria: los herodianos engullían la religión en la política, mientras que los fariseos reducían la política a la religión.

¿Cómo es que posturas tan antagónicas se llegaron a aliar para comprometer a Jesús y tenderle una trampa? Posiblemente porque Jesús molestaba a unos y a otros, poniendo en cuestión la corrupción política de unos y la intransigencia religiosa de los otros. Ya sabemos que el enemigo común une mucho, incluso a los que están enfrentados. Se ve que deseaban desembarazarse de este molesto rabino y profeta, que ya resolverían después ellos sus propias cuitas.

Por medio de la pregunta sobre el tributo al César pretendían poner a Jesús en una situación sin salida, pues, cualquiera que fuera su respuesta, habría de qué acusarlo: de blasfemia e impiedad si lo hacía positivamente, de rebeldía contra el poder romano, si lo hacía en sentido negativo.

La respuesta de Jesús no sólo es una genialidad, que lo libera de la trampa, sino mucho más. Establece una distinción clara de los ámbitos político y religioso, que afirma la autonomía debida de las realidades humanas, en las que el ser humano debe decidir por sí mismo. Por eso dice que hay que dar al César lo que es del César, sin que por ello nos hagamos infieles a Dios. Pero es que, en su respuesta, Jesús añade otro tributo, si bien no hay aquí moneda con qué pagarlo: el que debemos dar a Dios.

Ya en la primera lectura se apunta a esta distinción. Ciro, rey de los persas, es un extranjero, pero se lo considera un ungido por Dios, dotado, por tanto, de un poder legítimo. Pero, al mismo tiempo, se le niega el carácter divino, que le pertenece sólo al Dios verdadero, el Dios de Israel. De este modo, la autonomía del poder político (y de todas las cosas del mundo) es real, pero no absoluta, pues debe someterse últimamente al único Dios, con un tipo de subordinación que no es jurídica (teocrática), sino moral.

Así, Jesús responde indirectamente a la objeción de si debemos pagar impuestos a poderes políticos ilegítimos (tiránicos, por ejemplo), que se convierten en tales cuando se arrogan indebidamente un carácter divino, un poder absoluto, sea directamente (como hacían los emperadores romanos y otros), sea indirectamente, cuando violan el orden moral natural establecido por Dios. Hay que contribuir al bien común, y pagar impuestos al César, pero también hay que criticar y limitar ese poder, para que se someta al único Dios y al orden moral objetivo que procede de Él.

Esta crítica al poder, que acompaña nuestra contribución al bien común, mediante el pago de impuestos, nos permite entender en qué consiste el tributo que le debemos a Dios: confesarlo como el único Dios, no inclinarnos ante los ídolos que tratan de someternos, poner en práctica su voluntad de bien y de justicia. De hecho, su cara y su inscripción están impresos en el rostro de cada ser humano. Por ello, también y, sobre todo, damos a Dios lo que es de Dios cuando ponemos en práctica el mandamiento del amor, haciendo el bien a nuestros hermanos. Al hacerlo así, nos alejamos del egoísmo individualista liberal, y también del colectivismo despersonalizador y uniformador a que tienden el socialismo y el comunismo. El mandamiento del amor que ve en el rostro de cada ser humano la imagen de Dios, la presencia de Cristo, afirma el carácter personal de cada uno y su dignidad, que merece respeto y ayuda.

Y ya que el Evangelio habla de tributos a Dios y al César, no está de más recordar que parte del tributo que le debemos a Dios es también la contribución material que hacemos para mantener a la Iglesia de la que somos miembros y piedras vivas.

Desde San Petersburgo (Rusia)
JOSÉ MARÍA VEGAS
Sacerdote claretiano español y filósofo

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