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La paz perpetua

abril 10, 2026
en ACTUALIDAD, Madrid, Nacional, OPINION
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El sueño de la Europa ilustrada era la paz perpetua. A su modo de ver, las guerras formaban parte del pasado religioso e intolerante de Europa. La paz llegaría junto con la pura razón a nuestros Gobiernos. El mito del Estado debía así construirse sobre la base de las falsas guerras de religión entre cristianos.

Aquellas guerras que alumbraron el Estado moderno nunca tuvieron su fundamento último en la fe: hoy es bien sabido que no fueron sino excusas de los gobernantes de turno para justificar sus posiciones políticas frente a los imperios católicos. La historia posterior del continente no ha sido sino constante prueba contraria al sueño ilustrado. Las peores guerras han acontecido en el advenimiento de la paz perpetua. Nunca se ha matado tanto y con tanta precisión.

La Europa resiliente quiso aprender de sus errores, se unió a la potencia americana y fundaron la OTAN, la ONU y la Unión Europea. Si no era a base de razonamientos, la paz iba a llegar al mundo a base de pactos, negocios y defensa conjunta. La unión iba a ser tan potente que nadie se atrevería a enfrentarse a ella.

Con ello, los europeos nos creímos que habíamos alcanzado la paz en la tierra. Pensamos que realmente había llegado el ansiado momento en que el derecho internacional había llegado a ser la realidad natural del mundo pacificado. Si había contiendas, siempre eran lejos de nuestras fronteras. Mirábamos a Oriente Medio o África por encima del hombro, como si sus retrasos civilizatorios no estuvieran directamente relacionados con la terrible colonización de ingleses y franceses en el pasado. Pensábamos además, en nuestra absurda superioridad moral, que antes o después el poder occidental confederado iba a pacificar el planeta en la carrera armamentística.

Los conflictos económicos de China y Estados Unidos han evidenciado una vez más nuestra prepotencia moral. La paz nunca fue el estado natural del mundo; sino que, como decía Solón de Atenas, sencillamente la guerra dormía. La violencia había sido maquillada y escondida por la competencia económica que nunca se dio en las condiciones morales que exigía. La economía era la guerra por otros medios. Todo estaba siempre a punto de estallar y, si no lo hacía, era porque compensaba económicamente que no lo hiciese.

Aunque nosotros seguimos pensando que el mundo seguirá nuestros razonamientos, que el mundo se mueve por motivos distintos. Pero la OTAN se tambalea y parece que estamos de nuevo cerca de una guerra mundial. Si no estalla es porque China piensa que aún no la puede vencer. Que sus aliados son demasiado débiles y que todavía puede debilitarnos más en nuestro propio juego económico. En estas circunstancias, ¿qué nos queda? ¿Cuál es la postura que debe decirse cristiana?

Por su naturaleza, el posicionamiento del Vaticano, como Estado entre Estados, promueve la minimización de los conflictos. Pero lo hace como acción diplomática estatal; pues, sabe bien que, moralmente, no puede conseguir la paz por esos medios. La Iglesia, cuya ventaja diplomática terrena es su horizonte eterno, reconoce para sus adentros que las guerras no se pueden evitar por completo. Que su diplomacia será siempre insuficiente para apagar el fuego que abrasa este mundo. Pues profesa que solo Jesús de Nazaret puede ser nuestra paz, y que el mundo estará inquieto y dolorido hasta que descanse en Él.

En ese sentido, una mirada verdaderamente teológica sobre la historia no puede ser pacifista. Ese es el elemento claro que debe estar en todo juicio moral. El pacifismo, la paz de este mundo y para este mundo es algo que solo puede ser asumida como fin moral. El pacifismo es la torre de Babel de Occidente. Es la antigua religión ilustrada y positivista que vino a sustituir al cristianismo, que cree que el mundo puede descansar sobre sí mismo. En definitiva, el pacifismo es contrario a la fe de aquellos que piensan que solo Dios puede traer la paz del mundo. Es más, que solo Dios puede ser la paz de este mundo.

Sin Él, las guerras son inevitables. Porque sin Él, el mal reina y amenaza con crecer. En las filas de nuestros enemigos y también en las nuestras. Pero el Estado moderno nos lleva a confundir nuestra moral con sus falsas promesas de seguridad. Venda nuestros oídos mientras sostiene esa falsa paz sobre secretas injusticias. Por eso, hace ya muchos años Soloviev pensó, en Breve relato sobre el Anticristo, que seguramente el Anticristo sería el verdadero fundador de la religión pacifista: «¡La paz eterna y universal está asegurada! Cualquier tentativa de quebrantarla chocará contra un poder invencible. De hoy en adelante, existe en la tierra un poder central que es más fuerte que todos los otros poderes, juntos o separados. Este poder ilimitado y absoluto me pertenece, a mí, el elegido de Europa, el generalísimo de todos sus ejércitos. El derecho internacional dispone, al fin, de la sanción que hasta ahora siempre le había faltado. En adelante, ninguna potencia osará decir “guerra” cuando yo diga “paz”. ¡Pueblos de la tierra, que la paz sea con vosotros!».

CARLOS PÉREEZ LAPORTA
Profesor
Publicado en Alfa y Omega el 9.4.2026

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