La experta en educación pide una organización escolar más flexible y profesores bien formados para ayudar a los alumnos con problemas. Pero estos también deberán trabajar más en casa.
Publica una nueva edición, revisada y ampliada, de La buena y la mala educación. ¿Se ha aprendido algo en este ámbito 14 años después?
No hemos avanzado hacia mejorar el conocimiento de la lengua y reforzar la lectura como lo central en educación. Quería añadir al libro cosas sobre la hiperactividad, los varones, los inmigrantes, la dislexia, diferentes tipos de estrés y enfermedad mental… son factores que bajan los resultados. Pero no se ha hablado de lo que los mejora. Nos hemos centrado en cómo son los alumnos, no en qué o cómo deben aprender. Y nadie se ha planteado que quizá el gran problema es cómo organizamos la escuela.
¿No es necesario saber cómo son los chicos para buscar soluciones?
Con una organización más flexible, sería fácil que encontraran algo que les conviniera. Ahora hay una talla para todos: se empieza a la misma edad, con profesores formados del mismo modo y el mismo programa, que aburre a unos y con el que otros no pueden. Vemos en el informe PISA que un cuarto de los alumnos de casi todos los países occidentales tiene resultados muy bajos. Ahí están muchos de los que supuestamente iban a mejorar en la escuela única. No es lo mejor para ellos. Seguir así por no querer cambiar de ideología es cruel para quien más dificultades tiene. Pero en vez de modificar el sistema se hacen adaptaciones como si fuera un problema individual.
¿Cuál es la alternativa?
Una, que no todos empiecen primaria a la misma edad. Otra, que haya clases más avanzadas o más elementales. Así es más fácil para el maestro poner tareas a su alcance. Este formato se llama streaming. En Singapur han ido a algo muy especial —no se podría hacer en todas partes—: un streaming con nivel avanzado, estándar y de necesidades especiales por materias: uno puede estar en un grupo avanzado de matemáticas y en otro menos avanzado de lengua. Sus resultados están por las nubes. Aquí se quema a los profesores al tener que atender en un mismo grupo a siete niveles por no atrevernos a decir que hay necesidades diferentes. A la vez, se los sienta en el banquillo si se piensa que el alumno no ha recibido toda la ayuda a la que se considera que tiene derecho.
Bio
Experta en literatura hispánica, sobre todo en Mario Vargas Llosa y Juan Goytisolo, Inger Enkvist (Värmland —Suecia—, 1947) es catedrática de español en la Universidad de Lund. Pero se la conoce fundamentalmente por sus investigaciones sobre educación. Formó parte del Consejo sueco de educación superior y ha publicado La educación en peligro (2000), Repensar la educación (2006), La buena y la mala educación (2011), Educación. Guía para perplejos (2014) y Controversias educativas (2019), todos en Encuentro.

¿Cómo hacer que los alumnos que van por detrás aprendan lo mismo?
Supongamos que con 11 años está al nivel de los de 8. Tiene que recuperar lo que aprendieron a los 8, 9, 10 y 11. Es muchísimo. Es posible, pero no es seguro que lo logre. Depende de él. Tiene más que recuperar y en el colegio no hay tiempo; no es mala voluntad ni falta de dinero. Debe trabajar en casa más que los demás.
¿Con qué apoyo? A veces los padres no pueden ayudar, por distintas razones.
En Estados Unidos se hizo una investigación grabando a 42 bebés de familias de distinto nivel una hora al mes hasta los 3 años. Calcularon que a los 4 años unos niños habían escuchado 30 millones de palabras más que otros. A los 10 años, tenían mejor situación escolar. Lo bueno es que también funcionan bien los hogares en los que los padres no tienen un nivel de educación muy alto pero sí mucho cariño por el hijo, hablan mucho con él y lo incluyen en lo que hacen. La clave no es el dinero, sino el interés.
¿Qué lección saca para la escuela?
Hay niños a los que les faltan 30 millones de palabras antes de los 4 años. ¿Qué puede hacer la escuela? Primero, darles profesores inteligentes y bien formados para que allí oigan un lenguaje rico y con un contenido variado. Pero ha bajado su nivel. ¿Por qué los mejores alumnos del bachillerato no quieren ser docentes? Porque saben cómo se los trata. Para mejorar el reclutamiento, tiene que haber un ambiente atractivo en las escuelas. En segundo lugar, lo que hablábamos de no tener un mismo programa. Después, mantener la tranquilidad en el aula. No es ser represivo, sino salvar la posibilidad de aprender; sobre todo de los alumnos que no hacen mucho en casa.
¿Qué hacer con los niños migrantes?
Si vienen con problemas no solo de idioma sino de conocimientos previos, de situación familiar —quizá con un futuro incierto—, meterlos en un grupo en el que no entienden nada es utópico y no funciona. Se necesita uno especial, ir haciéndoles pequeñas pruebas de lengua y de contenidos y colocarlos en otras clases según el resultado. Si tienen un buen nivel en su lengua, vienen de una familia ordenada y podemos suponer que van a hacer esfuerzos extra podrían quizá incorporarse relativamente rápido. Aun así, necesitan tres, cuatro o cinco años para dar de sí todo de lo que son capaces.
MARÍA MARTÍNEZ LÓPEZ
Alfa y Omega
3 de abril 2025