Escribía el Papa León XIV con motivo de la 59 Jornada Mundial de la Paz que ha tenido lugar este 1 de enero: «Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes». Su afirmación no podía ser a la vez más acertada y oportuna.
Digo acertada porque estamos viviendo un momento de acentuada transición. En paridad de precios, según el Banco Mundial en 2023, China era el 18,76 % del PIB mundial, Estados Unidos el 14,8 % y la UE el 14,68 %. La suma de los tres es inferior al 50 %. El mundo se está haciendo más multipolar. Y la guerra es una manifestación abrupta y sangrienta de una alteración de los balances geopolíticos. Es solo un síntoma. De hecho en 2024, se detectaron 61 conflictos interestatales activos —de un total de unos 120— que pueden contar con millones de afectados; todo lo cual se ha traducido en un progresivo incremento del gasto militar que llega a ser ya un 2,5 % del PIB mundial, un 9,4 % más que el año anterior.
Y digo oportuna porque, coincidiendo además con la celebración de esta jornada, una reducción de los ingresos en la ONU ha obligado a implementar planes de contingencia que suponen una reducción del 15 % en sus presupuestos, lo que detrae un 25 % de su capacidad operativa. Esto conducirá a la repatriación de cerca del 25 % del total de efectivos militares y civiles; esto es, en torno a unos entre 13.000 y 14.000.
Tal cosa no solo debilitará las misiones de paz sino que, al hacerlo, puede servir para reactivar algunos conflictos en un momento de particular efervescencia geopolítica. Y tiene consecuencias de todo tipo. Así, por ejemplo, afecta súbitamente a la economía de las regiones donde estos contingentes estaban emplazados.
Más vale un orden imperfecto que ninguno. Es cierto que las operaciones de paz son mejorables y pueden ser más eficientes, como también la propia ONU. Pero su existencia es el progreso hacía un sueño que una vez sentimos como posible, el de una paz institucionalizada.
Y es que la Agenda de Paz Internacional con sus tres Agendas —Agenda para la Paz, Agenda para la Democracia y Agenda para el Desarrollo— de Boutros Boutros-Ghali es francamente perfectible y no ha impedido los conflictos ni que algunas misiones parezca que se prolongan sine die. A lo que debemos sumar la falta de ejemplo de algunos miembros del Consejo de Seguridad. Pero la idea de «darle una oportunidad a la guerra», o «dejar que los conflictos ardan hasta que se extingan», la otra opción, tiene un coste moral inasumible para un católico.
Ha habido 71 misiones de paz ONU hasta ahora. Con todo, desde 2017 no se ha aprobado ninguna nueva. Antes de 1989 se desplegaron 15 en el marco de conflictos interestatales, mientras que desde entonces hasta el año 2000 se llevaron a cabo 38 misiones y todas, excepto cinco, en un marco intraestatal; de 11.000 soldados desplegados en 1991 se pasó a 70.000 en 2005, contribuyendo a 25 de los 39 acuerdos de paz firmados hasta entonces; de siete misiones en 1988 se pasó a 16 en 2004 y a once en 2025, con cerca de 68.000 efectivos implicados. De los alrededor de 4.400 cascos azules muertos (57 en 2024), casi tres cuartas partes murieron después de 1993.
De misiones de interposición se pasó a otras con las que se promovía una paz positiva que incorporaban estrategias políticas, humanas y de desarrollo. Y esta transformación, que ahora se cuestiona, se hizo de modo escalonado. Quizás se fue demasiado ambicioso pero no se puede renunciar a la utopía en nombre de la eficiencia económica.
Desde la Santa Sede recuerdan que las operaciones de mantenimiento de la paz siguen siendo expresión de una responsabilidad compartida que encarna el compromiso de la comunidad internacional con los más vulnerables mientras se pone en valor su trabajo. Y eso mientras apuestan por el compromiso con la diplomacia y la cooperación multilateral.
Y no puede ser menos, ni estar en mayor consonancia con los Evangelios y la propia tradición de la Iglesia. Este 2026 celebraremos también los 500 años de la escuela de Salamanca. Esta dotó a la razón y al derecho natural de una dimensión universal mientras esbozaba la idea de un marco jurídico cuanto menos trasnacional, siendo los primeros en hablar del ius inter gentes. Reconoció así la existencia de una comunidad internacional y su legítimo interés por lo que sucede en todas sus partes, al igual que su responsabilidad en ello.
Un error no corrige otro ni la imperfección ni, menos aún, la utopía. En nombre del realismo, no podemos renunciar a las reglas y volver a hacer del mayor poder el mejor derecho.

FEDERICO AZNAR FERNÁNDEZ-MONTESINOS
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos.
Publicado en Alfa y Omega el 2.1.2026
