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Estrada Herrera: León XIV, un Papa cercano a Perú

noviembre 4, 2026
in Portada, ENTREVISTAS, Testimonios, ACTUALIDAD, Internacional
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El prelado, que sucede a monseñor Richard Daniel Alarcón Urrutia, fallecido el 30 de octubre, recuerda a los medios vaticanos el ejemplar ministerio de su predecesor, pastor «cercano a la gente» y promotor del proceso sinodal. En los últimos días se había ocupado de la coordinación de los preparativos para la visita de León XIV, que estará en América Latina del 6 al 17 de noviembre: «Los peruanos lo esperan con alegría. Su presencia nos ayudará a ser una Iglesia cercana a todos».

Ciudad del Vaticano, 3 de noviembre 2026.– Desde las costas que dan al océano Pacífico hasta la selva amazónica, desde las metrópolis coloniales hasta los Andes, todo Perú espera a León XIV. El país es la tercera etapa del viaje apostólico que se desarrollará del 6 al 16 de noviembre, comenzando en Uruguay y continuando en Argentina.

Llega el Papa «peruano», el agustino que entre los años 80 y 90 fue misionero en la región de Piura y en Trujillo, elegido en 2015 por el Papa Francisco como obispo de Chiclayo y cinco años después también administrador apostólico de la diócesis de Callao.

Una nación multiétnica que permaneció en el corazón del «padre Roberto», quien no ha olvidado su «querida diócesis» de Chiclayo ni siquiera cuando fue elegido para la sede pontificia. Ahora, en Perú, León XIV se encontrará con aquel pueblo «fiel» que ha acompañado su ministerio. Un pueblo «feliz» de poder verlo por las calles y en las plazas, deseoso de escuchar sus «enseñanzas».

Un clima de fiesta está involucrando estos días a todo el país, entristecido, sin embargo, el 30 de octubre, por la muerte del arzobispo de Cuzco, monseñor Richard Daniel Alarcón Urrutia, cuyos funerales se celebran hoy, 1 de noviembre. Quien ofrece un recuerdo suyo a los medios vaticanos es monseñor Lizardo Estrada Herrera, nombrado por el Papa arzobispo coadjutor de Cuzco el pasado 29 de agosto y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM).

Religioso agustino, originario de Apurímac, el prelado cuenta el gran compromiso social de su predecesor, su preocupación por los últimos, los más pobres y vulnerables, por la formación del clero, la atención a los jóvenes, la amplia colaboración con la Conferencia Episcopal Peruana, en particular en la promoción del proceso sinodal. Y además, monseñor Estrada Herrera describe la realidad social de su país, evocando los años en los que el padre Robert Prevost fue su formador y expresando la ferviente espera por la llegada del Sucesor de Pedro.

Catedral de Cuzco. (Foto: Max Cappabianca)

Monseñor Estrada Herrera, ¿cuál es su recuerdo de monseñor Alarcón Urrutia?
La desaparición de nuestro amado monseñor Richard Alarcón Urrutia, arzobispo de Cuzco, nos ha entristecido profundamente, porque, a pesar de estar muy enfermo, continuó su trabajo pastoral, ya ejemplar, con gran entusiasmo.

Lo recuerdo como un pastor muy cercano a la gente, humilde y austero en su estilo de vida y en las relaciones con los demás. Estaba profundamente interesado en todas las dimensiones de la evangelización integral y convencido de que hay que ser evangelizadores alegres, como propone la Evangelii gaudium. No escatimó ningún esfuerzo y siempre estuvo al lado de su pueblo, en todas sus expresiones de piedad popular, que tanto apreciaba.

En su compromiso social, siempre se preocupó de que Cáritas Cuzco llegara a los últimos y a los más vulnerables y, desde el comienzo de su ministerio episcopal, se dedicó especialmente a la justicia, la paz y la salvaguardia de la Creación. Apoyó de todo corazón la labor de la Conferencia Episcopal Peruana, en particular en el ámbito de la Pastoral de la Salud, de Cáritas, de la Liturgia y, más recientemente, fue un activo promotor del proceso sinodal, apoyando el trabajo del Equipo Nacional del Sínodo. También apoyó el hermanamiento entre parroquias de Alemania y de Cuzco y, a nivel nacional, con la archidiócesis de Friburgo, a través de la Partnerschaft, de la que fue presidente durante muchos años.

Dignos de mención en su ministerio episcopal son también la formación de los sacerdotes y el fortalecimiento del clero y de la Provincia Eclesiástica —siendo Cuzco una archidiócesis metropolitana—; la promoción de la piedad popular y el apoyo a las comunidades locales; la consolidación de las parroquias y el mantenimiento de las iglesias; la particular atención a los jóvenes; el apoyo a los procesos sinodales a todos los niveles. En los últimos días, se ocupó de la coordinación de varios detalles preparatorios para la visita del Papa León XIV a Cuzco, dialogando con la delegación vaticana y con diversas autoridades gubernamentales.

Como arzobispo de Cuzco, ¿cómo continuará lo que monseñor Alarcón Urrutia ha iniciado?
Recogeré la preciosa herencia de monseñor Richard Alarcón Urrutia, con quien tuve el honor de colaborar como obispo auxiliar y, más recientemente, como arzobispo coadjutor.

Continuaremos su trabajo y las iniciativas aprobadas por él en el Plan Pastoral de la archidiócesis de Cuzco, poniendo el acento en un enfoque pastoral atento a la persona humana en su integridad, en los diversos ámbitos de la evangelización, y reforzando el proceso sinodal en la Archidiócesis, que él apoyó con tanta fuerza. Continuar lo que ha sembrado es un desafío; confiamos en la ayuda de Dios para este compromiso.

Monseñor Estrada Herrera, ¿qué tipo de Perú recibirá al Papa?
Perú es un país donde la pobreza todavía existe, sobre todo en las regiones andinas y amazónicas, donde la democracia es frágil, la educación no ha llegado a todo el territorio nacional, la asistencia médica es deficiente o casi inexistente en las regiones más altas y remotas, hay mucha corrupción y demasiada polarización en la política, y es necesario reforzar el cuidado de nuestra casa común.

El Papa encontrará una nación con sus sufrimientos, pero también con sus esperanzas, donde la fe y la piedad popular son fuertes, donde se viven la solidaridad entre los más pobres y la resiliencia; aquí la gente no afronta pasivamente las dificultades y los problemas, sino que busca más bien mirar hacia adelante y construir un camino de desarrollo a través de la solidaridad. La llegada del Pontífice ha generado alegría y esperanza en todas partes y, aunque hay diferencias en el país, en este momento Perú está unido; como una gran familia que espera al Papa, un hermano, alguien que conoce su realidad y al mismo tiempo es el Vicario de Cristo. Todos quieren escucharlo, desean su bendición para sus familias, su trabajo y su futuro.

¿En qué ámbitos específicos ha desarrollado la Iglesia su actividad pastoral?
La Iglesia está presente en las periferias geográficas y existenciales, acompaña a quienes sufren, da voz a quienes no la tienen, se hace oír en la sociedad y está promoviendo el camino sinodal. Nos comprometemos para que la Iglesia escuche y dialogue más, esté más abierta a lo que el Espíritu Santo sugiere y dé más espacio a los laicos, a los jóvenes.

Cada día, la Iglesia se compromete en una evangelización integral y se esfuerza por reforzar la enseñanza de su Doctrina social. Los obispos se reúnen dos veces al año en Asamblea para reflexionar juntos, decidir qué hacer, intercambiar opiniones y transmitir un mensaje sobre la vida social, la pastoral, la liturgia y la catequesis. En resumen, buscamos renovarnos para responder a los desafíos del tiempo con el Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia.

Sin duda, las palabras del Papa, su visita y los acontecimientos que viviremos con él nos darán un nuevo impulso. Estamos llamados a desarrollar un programa misionero y pastoral completo en respuesta a las realidades que nos interpelan, como la migración, la pobreza y la corrupción, pero también la solidaridad. La presencia del Pontífice será importantísima, porque él es nuestro pastor, nuestra guía, y nos ayudará a estar unidos, a orientarnos hacia el bien común y la construcción de la paz con justicia, a mejorar la formación de sacerdotes, obispos y laicos, y a ser una Iglesia cercana a todos, pobre para los pobres, atenta a la Creación.

¿Cuál es hoy la relación de los laicos con la Iglesia en Perú?
Ante todo, existe una gran devoción popular que se expresa de diversas maneras, pero esta devoción es algo que une a las personas en todo el país. Por ejemplo, en el sur, se celebran grandes procesiones o peregrinaciones una vez al año, aunque muchos de los que participan en ellas no van a Misa todos los domingos. Para los peruanos, la Iglesia es una institución en la que tener confianza, sienten su cercanía, aprecian su obra social, en particular en el ámbito de la educación y de la sanidad.

Sobre todo, la ven como un lugar de escucha, esperanza y oración, que promueve el sentido de familia y de pertenencia a la comunidad. Aunque el ideal al que aspiramos no siempre corresponde a lo que realmente somos y, en algunos casos, en las redes sociales circulan contenidos negativos que influyen negativamente en el pensamiento de los individuos, tenemos la esperanza de poder progresar. Por lo tanto, es esencial cultivar el pensamiento crítico y el compromiso con la fraternidad y la solidaridad.

La mayoría de las personas cree en la Iglesia, a pesar de sus carencias, escucha y aprecia sus enseñanzas y, en muchos lugares, participa en las celebraciones religiosas anuales, vistiendo ropa tradicional, cantando, bailando o de otras maneras. Es evidente que las personas tienen una relación con Dios y se comprometen en actividades de voluntariado, pero la oración sigue siendo insuficiente y es necesario intensificarla y profundizar la comprensión de la opción preferencial por los pobres y la solidaridad hacia ellos, así como el cuidado de la casa común.

Usted es originario de la provincia de Cotabambas, una de las tres provincias altas de Apurímac, donde a finales de los años 60 llegaron los misioneros agustinos italianos. Hoy, ¿qué etapa está viviendo esta región?
En los Andes de Apurímac, a 3.000-3.500 metros sobre el nivel del mar, los agustinos italianos llegaron en un período muy difícil: había terrorismo, y se dedicaron totalmente a los pobres, a la educación de los niños, a garantizar, en la medida de lo posible, el acceso a la asistencia sanitaria y al desarrollo humano integral. Hicieron muchísimo. Hoy las cosas han cambiado; sí, ha habido progresos, las carreteras han mejorado un poco.

Ahora nos concentramos principalmente en ayudar a los ancianos porque los jóvenes se trasladan a las ciudades y muchos se quedan solos; además, son necesarios otros tipos de servicios y programas sociales para el desarrollo humano. La sociedad peruana ha cambiado; estamos progresando tecnológicamente, pero falta humanidad y sentido de comunidad; hay más egoísmo. Hoy, sobre todo en las ciudades, las personas tienen una casa, a veces un automóvil, pero están perdiendo su vida social, su sentido de comunidad; se están aislando. Falta solidaridad y colaboración por el bien común.

Debemos comprometernos para que las nuevas tecnologías, que también son positivas, no dividan ni alejen a las personas, puesto que conllevan riesgos, como afirmó León XIV en Magnifica humanitas. Todavía hay mucho por hacer en Apurímac, persiste el problema de la asistencia sanitaria, que no llega a todos; la educación todavía no está a un nivel óptimo; son deficientes los servicios de apoyo para los ancianos, persisten fuertes desigualdades sociales y faltan oportunidades de trabajo.

Monseñor Estrada Herrera, usted es un religioso agustino y su vocación nació precisamente en Apurímac. ¿Cómo maduró?
Mi familia es muy católica; mis padres iban a Misa todos los domingos y me transmitieron su fe. Además, donde vivía, estaban los misioneros agustinos, los únicos encargados de la atención pastoral en la zona. Una vocación es una llamada. Sentía en mi corazón que algo estaba sucediendo, así que pedí ayuda a los frailes agustinos y a otros para tratar de comprender. También recé mucho para comprender cuál era mi camino. Los agustinos fueron para mí un espejo, un ejemplo, también para todos.

Observaba su trabajo, los escuchaba predicar, los veía ayudar a muchas personas, anunciar el Evangelio y estar al lado de los más pobres. Esa manera de dedicar su vida a la misión, de entregarse completamente a los demás, me inspiró, así que pensé que quizá podría hacer lo mismo, y entonces recé, mi madre rezó, mi familia rezó. Decidí, por tanto, entrar en el seminario y, gracias a Dios, con la ayuda de muchos agustinos, muchos italianos, familiares y amigos, continué mi camino. También León XIV me ayudó mucho en el discernimiento.

Usted conoció al hermano de congregación Robert Prevost en Trujillo, ¿qué recuerda de aquellos años?
Cuando entré en el seminario, después de los estudios de filosofía, en Apurímac, apenas terminado el noviciado, fui a Trujillo para estudiar teología. Era 1996/97 y, en aquel entonces, el padre Prevost era el responsable de la formación. Recuerdo que éramos muchos —de Iquitos, Chulucanas, Piura, Cuzco, de varias partes de Perú— estudiando, profundizando cada uno en su propia vocación. El padre Prevost fue mi profesor y director de estudios y también lo vi comprometerse como párroco. Era como un hermano para mí —porque formábamos parte de la misma comunidad—, un amigo, una guía. Sobre todo, siempre sabía escuchar.

Se interesaba por cómo estaba, por lo que tenía que decir. Y recuerdo en particular su paciencia. Juntos visitamos varias ciudades del país. Nos exhortaba a ser buenos misioneros, buenos párrocos y hermanos. Se preocupaba por el bienestar general de los seminaristas. Muchos se fueron, quedamos pocos, gracias al apoyo que recibimos, al estímulo a la oración, al estudio y al trabajo pastoral. Prevost siempre animaba a todos.

¿Cuál es la enseñanza más valiosa que recibió del hermano de congregación Prevost?
Ante todo, la enseñanza agustiniana que anima a cultivar la vida interior y la oración. La oración que conduce a encontrar a Dios, no solo en la búsqueda personal, sino también en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los presos. Prevost era una persona que escuchaba sin prejuicios y que siempre buscaba el bien de todos. Pero la lección más importante era la que repetía siempre a todos: dondequiera que vayáis en misión, no llevéis a Dios, sino encontrad a Dios en las personas más pobres.

Hoy, ¿dónde y cómo está comprometida la familia agustiniana en Perú, la masculina y la femenina?
Nosotros, los agustinos, estamos presentes en Cuzco, en Apurímac, en Lima, Trujillo, Chiclayo, en la Selva, en Iquitos, en la Amazonía, en Chulucanas y en Piura. En Perú tenemos una provincia y tres vicariatos, y también hay religiosas que siguen la Regla de San Agustín comprometidas en diversas localidades. Somos muchos. A veces nos reunimos todos.

También trabajamos juntos y colaboramos. Las monjas agustinas se dedican principalmente a la educación; están al lado de los pobres y de los huérfanos y están involucradas en el trabajo pastoral y en diversos proyectos sociales.

Usted es secretario general del CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, y por tanto tiene una mirada amplia sobre los países que visitará León XIV, es decir, Uruguay, Argentina y Perú. ¿Cuál es el clima de espera?
Las personas están muy felices, emocionadas y llenas de esperanza por la visita del Papa. En Uruguay y en Argentina hay un gran entusiasmo; se están preparando con mucha fe, con la oración y a través de programas e iniciativas sociales. Hay efervescencia, alegría, en resumen.

La visita del Papa es un bien para todos, creyentes y no creyentes. Aquí en América Latina se sienten muy cercanos a León XIV, como demuestran las fotos que retratan a Prevost cuando vivía en Perú entre la gente de Chiclayo y de otros lugares y que han dado la vuelta al mundo. Para los latinoamericanos, el Papa es uno de ellos, alguien que ha recorrido sus calles, incluso en las zonas más difíciles, alguien que conoce su realidad y su cultura y aprecia y disfruta la cocina local.

¿Cómo se ha preparado la Iglesia para la visita del Papa?
Se han organizado diversos encuentros en varios países. En Perú, por ejemplo, se constituyó una Comisión Nacional, compuesta por obispos, laicos y comisiones diocesanas, que ha trabajado en la liturgia, la logística y la organización a varios niveles.

También nos estamos preparando espiritualmente; hemos profundizado algunos discursos del Papa, la Exhortación apostólica Dilexi te y la Encíclica Magnifica humanitas, para comprender mejor su pensamiento y su mensaje, lo que está diciendo a la Iglesia. Además, la Conferencia Episcopal Peruana ha publicado varios materiales de apoyo para la reflexión y la preparación.

Personalmente, ¿cómo está viviendo este momento de espera?
Es una emoción profunda, indescriptible, algo que solo se puede experimentar. Creo que el Papa está volviendo a casa, a su pueblo, e imagino que su corazón rebosa de alegría.

Al mismo tiempo, me vienen a la mente los caminos que hemos compartido, cuando yo era seminarista, durante mi formación sacerdotal y después como obispos. Estoy tan feliz de poder encontrarlo de nuevo, de sentir en él la voz de Dios que nos dice cómo afrontar los desafíos de hoy en América Latina, cómo escuchar y responder al grito de la tierra y de los pobres, cómo promover la unidad a todos los niveles y cómo ser constructores de paz y de desarrollo humano integral.

TIZIANA CAMPISI

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