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28.6.2026. Domingo 13 del Tiempo ordinario (A). Liturgia de la Palabra. Lecturas y Homilía: “Hacer el bien compensa”

junio 29, 2026
en Liturgia, ACTUALIDAD, Madrid, Iglesia, Nacional
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Inicio RELIGION Liturgia

PRIMERA LECTURA
Ese hombre de Dios es un santo; se quedará aquí
Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a

Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: –Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y así cuando venga a visitarnos se quedará aquí. Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: –¿Qué podemos hacer por ella? Contestó Guiezi: –No tiene hijos y su marido ya es viejo. Él le dijo: –Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo le dijo: –El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

SALMO
Salmo responsorial 88, 2-3. 16-17. 18-19
R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

SEGUNDA LECTURA
Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así, como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

EVANGELIO
El que no toma su cruz no es digno de mí, el que os recibe a vosotros, me recibe a mí.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: –El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque sea sólo un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa.

HACER EL BIEN RECOMPENSA

Aunque no siempre lo parezca, hacer el bien compensa. Es la lección que extraemos de la primera lectura. Es verdad que puede no compensar a corto plazo, pero, como todo lo que procede de Dios, al final el bien que hemos hecho retorna sobre nosotros en forma de vida. Y aunque no siempre sucede como en el episodio de Eliseo y la mujer sunamita, (extranjera y, en principio, excluida de la bendición de Israel, pero beneficiada por el bien hecho al hombre de Dios), creemos que a quien, haciendo el bien, se ha puesto de parte de Dios (aun sin saberlo), Dios no dejará de beneficiarlo, a veces ya en este mundo, pero siempre y sin medida en la mundo por venir. La acción profética de Elías sobre la mujer extranjera nos dice con claridad que el bien no conoce fronteras, ni geográficas, ni confesionales, como no las tiene el sufrimiento humano.

Pero, como nos enseña hoy Pablo, es en la muerte y la resurrección de Cristo en donde esta benevolencia de Dios se ha manifestado de modo definitivo. Ser creyente en Cristo, aceptarlo como Señor, Salvador y Dios, convirtiéndonos en discípulos suyos y miembros de su comunidad por el bautismo, significa reproducir en la propia vida el misterio de su muerte y resurrección. Y es que Jesús, en su encarnación, ha asumido nuestra vida y nuestra muerte para darles un sentido nuevo, rescatándonos del pecado y de la muerte espiritual a la que conduce aquel. Es verdad que seguimos experimentando en nosotros los embates del mal, del pecado, del sufrimiento y de la muerte; pero, como por el bautismo hemos sido incorporados a su muerte, podemos experimentar ya ahora la vida nueva de la resurrección. Por eso, ese mal que nos afecta ya no tiene dominio sobre nosotros, si es que estamos realmente unidos a Cristo. En esa unión sentimos la negatividad de la muerte como un morir al pecado para estar vivos para Dios en Cristo Jesús por las obras del amor.

Ahora bien, esto que acabamos de decir puede sonar como una bonita teoría teológica pero muy alejada de nuestra concreta vida cristiana, que resulta mucho más gris, con muchos aspectos (en forma de criterios, valoraciones y decisiones) más parecidos a la vida del viejo mundo que a la vida nueva de la resurrección. Por eso, tal vez, sucede que nuestra vida de cristianos poco se distingue de la vida de los demás, que no profesan nuestra fe o no la practican apenas. A este propósito, debemos escuchar con atención las palabras que Jesús nos dirige hoy. Son como una advertencia sobre nuestra respuesta a la llamada al seguimiento, sobre nuestra elección de Cristo, sobre el “ordo amoris”, del que hablaba san Agustín, ese orden del corazón, que bien puede ser que no ha puesto a Cristo Jesús y a Dios su Padre en la cima de nuestros amores.

Está claro que Jesús no pretende que no amemos a nuestros progenitores, a nuestros cónyuges, a nuestros hijos. Lo que dice es que esos amores, que también están heridos por el pecado, y son tantas veces causa de conflictos y rupturas, también necesitan ser sanados. Y lo son sólo cuando elegimos a Jesús como nuestro primer amor, cuando hacemos de Él la cima de nuestro “ordo amoris”. Al hacerlo así estamos conectados con la fuente del amor, que es Dios, y aprendemos el amor incondicional que ha derramado sobre nosotros en Cristo Jesús, en su entrega sin reservas, hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Cuando elegimos a Cristo de este modo, también nosotros tomamos la cruz, es decir, estamos dispuestos a amar incondicionalmente, y también a sufrir por las personas amadas. Porque muchas veces el amor humano, también el amor matrimonial y familiar fracasa precisamente por esto, por nuestra incapacidad para sufrir por los que amamos, por nuestro egoísmo, por nuestra poca disposición a ceder, a la comprensión con las limitaciones ajenas, a la paciencia y el perdón, a renunciar a algunas cosas por el bien de la relación.

Cuando cargamos con la cruz (con la limitación propia y ajena y con la disposición a dar la propia vida, como Jesús dio la suya por cada uno de nosotros) nos hacemos heraldos y testigos del mismo Cristo, nos convertimos en evangelizadores, y no solo con nuestras palabras, sino con nuestro modo de vida. Y así, dice Jesús, los que nos aceptan y acogen, acogen al mismo Cristo y, en Él, al Dios Padre de todos, y se hacen ellos mismos justos y profetas. Viviendo en las condiciones de este mundo, es claro que no está garantizada la aceptación del testimonio cristiano, pero en muchos casos podremos experimentar que el bien hecho en el espíritu de Cristo compensa ya en este mundo, aunque su plenitud se dará en el otro: al perder, ganamos, y en la renuncia recibimos el ciento por uno. Y esto es así porque, eligiendo a Cristo como nuestro primer amor, rompemos fronteras, aprendemos a amar más allá de nuestras relaciones más inmediatas (padres, cónyuges, hijos), y contribuimos a formar, según el designio divino, la gran familia de los hijos de Dios.

Desde San Petersburgo (Rusia)
JOSÉ MARÍA VEGAS
Sacerdote claretiano español y filósofo

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