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19.4.2026. Domingo de la 3ª Semana de Pascua. Liturgia de la Palabra. Lecturas y Homilía: “Caminos de muerte, caminos de vida”

abril 20, 2026
en Liturgia, ACTUALIDAD, Madrid, Iglesia, Nacional
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Inicio RELIGION Liturgia

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33
No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: – «judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.” Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

SALMO
Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21
Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto

Queridos hermanos: Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Lo reconocieron al partir el pan

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: – «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» Él les preguntó: – «¿Qué?» Ellos le contestaron: – «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.» Entonces Jesús les dijo: – «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: – «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: – «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: – «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

CAMINOS DE MUERTE, CAMINOS DE VIDA

Antes y después de la muerte y resurrección de Cristo la vida humana es camino. La vida de Jesús es un camino que conduce a Jerusalén, a la entrega total de su vida en la cruz. Visto con ojos humanos es un camino de muerte. El camino de los dos discípulos, Cleofás y su anónimo acompañante (tal vez su mujer), es un camino que, al contrario, se aleja de Jerusalén, y se dirige a una pequeña y desconocida aldea, Emaús, signo de una vida “normal”, podríamos decir vulgar, gris, sellada por el realismo chato en el que tantas veces vivimos. Es el realismo de los que “están de vuelta”, y no solo de los ideales ingenuos de la juventud, de los sueños y proyectos que rara vez se realizan y, si lo hacen, no acaban de satisfacer del todo nuestro corazón. Es también el “estar de vuelta” de las grandes promesas divinas, de la esperanza que brota de la fe y que en Jesús parecía que estaba a punto de cumplirse, pues era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo, por lo que suscitó en muchos, también en los dos caminantes a Emaús, la esperanza de que sería el libertador de Israel. Pero, una vez más, esas grandes esperanzas, sostenidas por la fe, habían sido aplastadas por los poderosos de este mundo, por la realidad de este mundo cruel, que no permite que los sueños se cumplan, y nos obligan a volver (a estar de vuelta) al pequeño y gris mundo de Emaús. Hay un dicho ruso que lo expresa con crudeza: “хотели как лучше и получилось как всегда” (khoteli kak lugshe i poluchilos kak vsegda): “deseábamos lo mejor y resultó como siempre”.

Emaús es la patria de este realismo chato, de este conformismo que deja a un lado las esperanzas que se revelan no solo hueras, sino también peligrosas, a la vista del fin de Jesús. Si el suyo fue un camino de muerte, el que conduce a Emaús parece un camino de vida, pero limitada y gris, sin grandes horizontes, pero vida al fin.

Y, sin embargo, es difícil resignarse a la frustración. Aunque los ideales no se cumplan, siguen pareciéndonos más hermosos y mejores que este realismo de cortos vuelos. De hecho, el camino de Jesús fue un camino en misión, lleno de sentido. El camino a Emaús es un camino de dimisión. Esas mismas promesas y profecías que parecían cumplirse en Jesús y que su muerte ha frustrado, si se entienden bien, iluminan este camino. Recordando con tristeza lo sucedido, comentándolo a la luz de Moisés y los profetas, los caminantes sintieron que sus corazones empezaban a arder, y que en todo lo sucedido había un sentido: la fidelidad a Dios, el servicio, el amor tienen valor por sí mismos, y ni la muerte puede negarlo. Cleofás y su compañera sentían, sin llegar a ver, una extraña presencia que les hacía evidentes sentidos que habían estado para ellos ocultos en textos que conocían bien. Y, queriendo retener esa misteriosa presencia, llegando a Emaús, hicieron memoria viva de Jesús en la fracción del pan. Y entonces “vieron” con los ojos de la fe que Jesús estaba allí, vivo.

E, inmediatamente, lo que había sido un camino de dimisión, se convirtió en un camino de misión, como el de Jesús, un camino a Jerusalén, al reencuentro con la comunidad de los discípulos, convocados todos por ese mismo Jesús, que, de manera casi imperceptible, pero finalmente reconocida, caminaba junto a ellos, les explicaba las Escrituras y partía para ellos el pan.

Todos caminamos en determinados momentos de nuestra vida en dirección a Emaús. Desengañados de los ideales de diverso signo (morales, sociales, políticos…), también de los ideales religiosos, de la fe, de la Iglesia, sentimos la tentación de acomodarnos, desistir, vivir nuestra vida, sobrevivir como podamos. El problema es que ese es el camino que lleva a la muerte, cuando queremos evitarla orillando la cruz de Cristo, que es el camino del amor y del servicio, de la fe y la esperanza firme.

Para encontrar el camino que lleva a Jerusalén no hace falta retornar a un idealismo ingenuo o adolescente. Lo que hay que hacer es escuchar la Palabra de Jesús, proclamada por los apóstoles, por la Iglesia y, como dice Pedro, hay que hacerlo de modo que nos enteremos bien: hay muertes que, como la de Jesús, dan vida, y hay formas de vida que conducen a la muerte. Jesús nos ha enseñado el camino que, sí, pasa por Jerusalén, pero conduce a una vida nueva y plena, y que se va realizando ya en este mundo, en medio de limitaciones, pero que no son sino una participación activa en el misterio de la Cruz, que es el misterio del amor.

La escucha de la Palabra se realiza sobre todo en la asamblea litúrgica, en la que además de explicarnos las Escrituras, Jesús parte para nosotros el pan. Ahí mismo, antes de comulgar, llamamos a Dios Padre, como nos ha enseñado Cristo, que nos ha rescatado con su sangre, y ha resucitado a una vida nueva de la que también nosotros participamos, cuando tomando en serio nuestro proceder en esta vida, realizamos las obras del amor, con las que confesamos, yendo de camino, nuestra fe y nuestra esperanza.

Desde San Petersburgo (Rusia)
JOSÉ MARÍA VEGAS
Sacerdote claretiano español y filósofo

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