Entrada de Jesús en Jerusalén
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 1-11
Bendito el que viene en nombre del Señor

PRIMERA LECTURA
No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado
Lectura del libro de Isaías 50, 4-7
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
SALMO
Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.» R.
Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. R.
Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.
Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel. R.
SEGUNDA LECTURA
Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
EVANGELIO
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 27, 11-54
¿Eres el rey de los judíos?
C. En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante Poncio Pilato, y el gobernador le preguntó: S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Jesús respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: S. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?» C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: S. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» C. Pues sabía que se lo hablan entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: S. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: S. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» C. Ellos dijeron: S. -«A Barrabás.» C. Pilato les preguntó: S. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» C. Contestaron todos: S. -«Que lo crucifiquen.» C. Pilato insistió: S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?» C. Pero ellos gritaban más fuerte: S. -«¡Que lo crucifiquen!» C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia e la multitud, diciendo: S. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» C. Y el pueblo entero contestó: S. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Crucificaron con él a dos bandidos C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo.
Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos,» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz
C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: S. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: S. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Elí, Elí, lamá sabaktaní
C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
Elí, Elí, lamá sabaktaní
C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: S. -«A Elías llama éste.» C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: S. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»
QUITAR Y DAR LA VIDA

Conmemoramos la triunfante entrada de Jesús en Jerusalén. Pero la Iglesia no se para en ese triunfo efímero (como todos los triunfos humanos), sino que nos lleva directamente a la lectura del Pasión, que es donde realmente nos habla Dios.
Dios habla por medio de Jesús una palabra de aliento al abatido. Dios escucha y oye los gritos de angustia y dolor. Pero Dios en Jesús no habla sólo con palabras, sino con hechos, haciendo suyo nuestro abatimiento, tomando sobre sí nuestros dolores. Para ello, Jesús se ha despojado de su rango, ha tomado nuestra condición de esclavos (por el pecado) y se ha entregado finalmente a la muerte y una muerte de cruz.
Este año contemplamos esta entrega leyendo el Evangelio de Mateo. En el relato de la Pasión vemos con claridad que Jesús, al encarnarse, se ha inmerso en la realidad de este mundo, y se ha dejado rodear de todas las formas posibles de mal. Porque su Él se ha entregado libremente a la muerte, también es verdad que los seres humanos han actuado para darle muerte. ¿Quiénes han sido? ¿Creemos, acaso, que nosotros, como meros espectadores, podemos quedarnos al margen? En realidad, muchos, cercanos y lejanos, han contribuido para darle muerte.
Algunos, es verdad, la querían abiertamente. Ahí vemos el rostro del mal querido, que se sirve de la traición, la mentira, del engaño y el falso testimonio, el soborno, la violencia… Que no solo busca destruir al otro, sino que lo humilla y lo desprecia. No deja de sorprender que entre estos que buscan la muerte del inocente se encuentra también uno del círculo más cercano, Judas, que se sirve del gesto de amistad y amor, el beso, para consumar su traición.
Junto a los promotores activos de la muerte, están los tibios, los que no ven motivo para esta injusticia, pero por temor o por cálculo, la consienten. Ahí está Pilato, lavándose unas manos que, sin embargo, están ya manchadas de sangre.
Pero también están los cercanos, los que no quieren que esto suceda, pero que, a su manera, contribuyen a ello. Es verdad que son capaces de dudar de sí mismos (y, por eso preguntan “¿seré yo maestro”?), pero, por el otro lado, protestan que están dispuestos a ser fieles hasta la muere. Pero su debilidad ya se revela en el huerto de los Olivos, donde no son capaces de velar con Jesús en la hora de la angustia; y cuando, presos del miedo, lo abandonan y huyen, y, como Pedro, acaba negándolo.
Podemos y debemos mirarnos en todos estos personajes, porque no somos ajenos al mal del mundo que lleva a Jesús a la muerte: a veces nos dejamos llevar por el odio o la inquina, y somos actores activos del mal. A veces somos tibios, indiferentes, nos lavamos las manos y dejamos que el mal tenga lugar, sin que hagamos nada por impedirlo. Otras, como los discípulos, somos presas del miedo, nos escondemos, no solo no confesamos, sino que incluso podemos llegar a negar a Jesús.
Pero hay otros personajes, no tan fáciles de encuadrar: Barrabás, Simón el Cireneo…

Barrabás aparece como por casualidad, usado por Pilato como un débil intento de salvar a Jesús, pues se ve que proponía una alternativa en extremo negativa: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás, o al rey de los judíos?” ¿Por qué esta alternativa? ¿Quién era realmente Barrabás?
Según manuscritos anteriores al siglo III y el testimonio de Orígenes, el evangelio de Mateo habría llamado a Barrabás Iesous ho Barrabbas, es decir, “Jesús hijo de (o del) padre”. El nombre Jesús habría sido posteriormente purgado de los manuscritos neotestamentarios. El sobrenombre “Bar Abba”, hijo de(l) padre puede significar que se desconocía quién era su padre, pues la costumbre judía era mencionar la expresión “hijo de” a modo de apellido. Por ejemplo, Jesús (Mt 16, 17) llama a Pedro “Simón bar Iona” (Simón hijo de Juan).
Juan (18, 40) indica lacónicamente que Barrabás era un bandido. Marcos y Lucas señalan que era un sedicioso y que en una revuelta había cometido un asesinato (Mc 15, 7; Lc 23, 19). Mateo sólo dice que era un preso famoso (Mt 27, 16).
El paralelismo entre los dos personajes no es casual. Los une un nombre común, Jesús, bastante frecuente en la época, que bien podemos interpretar como índice de su común humanidad. Y también están unidos por un sobrenombre, “hijo de(l) padre”, aunque aquí los sentidos en uno y en el otro son diametralmente opuestos. Barrabás, al parecer, no conoce a su padre, mientras que Jesús se declara hijo amado de su Padre, Dios. El primer Jesús representa el rechazo del padre, la búsqueda de salvación por la vía de la autoafirmación, la rebelión y la violencia, hasta llegar al asesinato, la negación radical del otro. Jesús de Nazaret representa la sumisión a la voluntad de Dios Padre y la oferta de salvación por la vía del amor, el servicio, la renuncia de sí y la entrega de la propia vida.
Pilato nos plantea hoy a cada uno de nosotros esta alternativa: elegir a Barrabás o a Jesús. No es una elección fácil, pues no es una cuestión de preferencias externas. Nos va en ello la vida. Bien pudiera ser que, meditando detenidamente sobre mis decisiones vitales, sobre los valores que rigen mi vida en el día a día, sobre mis relaciones con amigos y enemigos… acabe descubriendo que, pese a mi fe en Cristo, en ocasiones prefiero a Barrabás y, casi sin darme cuenta, estoy gritando su liberación (y la crucifixión de Cristo).
En esta elección nos ayuda Simón Cireneo, otro “que pasaba por allí”, pero que ayudó a Jesús a cargar con la cruz. Él y también esos otros personajes que iluminan toda la escena reflejando la luz que emana de Cristo: las mujeres que no abandonaron a Jesús y lo siguieron hasta el Gólgota, José de Arimatea, que tuvo el coraje de asumir el riesgo de pedir el cuerpo de un crucificado, y también el centurión que, según Mateo, aterrorizado, confesó que Jesús es el Hijo de Dios.
Hoy, sintiendo nuestros miedos y debilidades, como los de Pedro y los demás discípulos, y sin confiar demasiado en nuestras propias fuerzas, estamos llamados a escuchar la desafiante pregunta de Pilato: ¿a quién queréis que os suelte? ¿A quién, realmente, prefiero? ¿Por quién me decido? Respondiendo a la pregunta estoy eligiendo un estilo de vida, unos valores, un camino vital: el camino del egoísmo, la violencia, la negación del otro, hasta darle muerte; o el camino de la entrega generosa, el servicio, el perdón, la acogida, el amor que se entrega hasta dar la vida. Es, en definitiva, la elección entre una vida que lleva a la muerte, o una muerte en cruz que lleva a la vida.
Desde San Petersburgo (Rusia)
JOSÉ MARÍA VEGAS
Sacerdote claretiano español y filósofo

