PRIMERA LECTURA
Leyeron el libro de la Ley y todo el pueblo estaba atento
Lectura del libro de Nehemías 8, 2-4a. 8-10-10
En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: – «Amén, amén.» Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: – «Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.» Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron: – «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»
SALMO
Sal 18.
R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida
SEGUNDA LECTURA
Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 12-30
Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
EVANGELIO
Hoy se cumple la Escritura
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: – «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
EL HOY DE A SALVACIÓN

La Palabra de Dios no es un mero texto, un libro de meditaciones o un código de prescripciones y deberes. Es un acontecimiento que debería conmovernos, provocar en nosotros expectación, respeto, emoción, llanto y alegría. Con todas estas fuertes características se dibuja la escucha de la Palabra por el pueblo en la primera lectura. Dios nos habla al corazón, nos exhorta, nos cura, nos corrige, nos consuela, nos llena de alegría. Todas esas actitudes dan la impresión de un reencuentro vívido con la Palabra, como si se hubiera vuelto a encontrar algo largo tiempo perdido, como ya había sucedido en tiempos anteriores, en tiempos del rey Josías (cf. 2 Cr 34, 14): la Palabra de Dios es el verdadero tesoro escondido y encontrado (cf. Mt 13, 44).
Vivimos tiempos de olvido de la Palabra. Esta parece no resonar en la sociedad, en la cultura, en la historia actual, que discurre sorda a la Palabra de Dios. Y no porque se haya perdido el libro, sino porque nuestro mundo no parece dispuesto a escuchar. Y, a veces, los mismos creyentes nos contagiamos de este clima: enfrascados en disputas ideológicas, hacemos de nuestros valores banderas y eslóganes abstractos, y escuchamos o leemos la Palabra distraídos, pensando en otras cosas, sin expectación, sin emoción, sin lágrimas de arrepentimiento o de alegría. Tenemos el peligro de hacer de la Palabra sólo “material de predicación”, literatura edificante que no penetra y transforma nuestra vida.
Pero la Palabra de la que hablamos no es un “texto”, un “libro”, una “doctrina”, sino, el mismo Cristo, el Hijo de Dios, que viene a visitarnos en persona al lugar en el que vivimos, donde nos hemos criado (nuestro particular Nazaret), o donde trabajamos. Es también el lugar en el que experimentamos nuestras pobrezas, nuestras esclavitudes y cegueras. Y Jesús viene para enriquecernos, liberarnos y curarnos, a inaugurar un año de gracia, de amnistía y de perdón. En Jesús va a empezar realmente la nueva creación.
Esta visita de Jesús en persona, que tiene lugar cada vez que proclamamos la Palabra de Dios, es un acontecimiento como lo fue para Nazaret la venida de Jesús, ya convertido en profeta y maestro, más aún, en Mesías, que cumplía las antiguas profecías y encarnaba en su propia persona la enseñanza que anunciaba. Y este acontecimiento no es algo del pasado, que nos limitamos a recordar, ni algo del futuro que esperamos, a veces anhelantes, las más de las veces con cierta desidia. Se trata de un acontecimiento de hoy: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
En tiempos de Jesús, cuando comenzó su ministerio, el mundo seguía su curso, como siempre, mejor o peor, tal vez peor que mejor; pero el “hoy” que proclama Jesús significa que con Él se ha hecho ya presente la gracia de la salvación, la cercanía de Dios, su Reino, la posibilidad de vivir una vida nueva, regida por la ley del amor, en primer lugar, el que Dios nos tiene y manifiesta en Cristo, y, como consecuencia, el amor entre nosotros, que nos redescubrimos como hermanos, hijos del mismo Padre del que nos habla Jesús. Y todo esto es posible, por más que las circunstancias que nos rodean sigan siendo las del mundo viejo. Pues bien, esos tiempos de Jesús son también los nuestros. El mundo sigue su curso, pero en él es posible encontrarse con Dios, con el Emmanuel, con el Dios con nosotros en la humanidad de Jesús, que sigue viniendo a nosotros cotidianamente (a nuestra cotidianidad).
Y si Jesús está viniendo a nosotros en persona, y nos está anunciando el “hoy” de la salvación, nuestros ojos deben estar fijos en Él, para acoger su Palabra y su persona como el pueblo en la primera lectura: con expectación y respeto, con emoción, con lágrimas de arrepentimiento y de alegría.
Jesús presente, su Palabra viva no cambia el curso del mundo, que sigue por sus caminos, pero sí que crea la posibilidad, si lo acogemos, de transformarnos a nosotros, hacernos miembros de un cuerpo vivo que, en las diferencias (de vocaciones y carismas) pero vinculados por el espíritu del amor y el servicio mutuo, hacen presente en este mundo el Reino de Dios, el año de gracia, el acontecimiento de una Palabra viva, proclamada y actuante, el “hoy” de la salvación. En nosotros, si nos dejamos tocar de verdad por Cristo, este mundo de hoy, o, al menos, muchos en él, pueden reencontrar (con expectación y sorpresa, con emoción y con lágrimas) el contacto con la Palabra “que se cumple hoy”.

Desde San Petersburgo (Rusia)
JOSÉ MARÍA VEGAS
Sacerdote claretiano español y filósofo